sábado, 14 de julio de 2012

Almirones

 Un relato a mano del escritor amateur Tete Cotanda.


Almirones, me he embuchado un par de ellos de una sola bocanada. Camino al estómago suspenden en las paredes del esófago un par de dientes de león, inertes en mi interior, volando aún con el viento que les proporciono con mi respiración aliviada.

- ¿Puedo ayudarle en algo? – insto a una vieja que me mira con completa repugnancia. Se extrañó al verme comer los almirones del aire. Pasmada sobre mi apetito, me curiosea la mirada cual bicho raro que veía. Sigue mirándome, esta vez de arriba abajo. 
Me reitero en mi molestia repitiendo mi instancia algo intimidante esta vez - ¿Me ha escuchado usted? – la señora sigue mirando, fascinada cabizbaja en mis zapatos. ¿Señora? – insisto e insisto, empero no me proporciona respuesta alguna. Debe ser sorda, o quizás le gustan mis escarpines. Quizá nada, me está tocando, ya, los huevos. 
- ¡Oiga señora! ¡Déjeme de mirar de una maldita vez! - Arranco y me voy. He tornado en la segunda con la tercera, espero al hombrecillo verde del semáforo y miro atrás. El semáforo ya colorea mi paso hacia la otra orilla, pero es que… no sé, me siento como si me olvidara algo. La calle que dejo atrás… Me incita al lugar donde dejé la vieja mirando encandilada el suelo que pisé. Maldita vieja repugnante, terminó sonriendo en mi colérica.

Vuelvo en la segunda. ¡Sigue allí!  Un escalofrío sube a bajarme las escápulas al observar que no está sola. Un círculo de personas rodea ahora el lugar donde me encontraba y, joder, me acerco poco a poco a ese intrigante. Asomo la barbilla por encima de las cabezas de los mirones tratando de curiosear la expectación, a la par que hay más fisgones cuando quiero ver algo y no logro nada. Pienso en la señora, rigiendo magnánima el círculo voy hacia donde está. - ¿Qué ocurre? – pregunto sin obtener respuesta alguna. La vieja acaudala algo que no logro ver. El poblacho mira intrínsecamente al suelo de guisa sonrisa que ella. Me abalanzo impaciente contra el muro, que sin moverse –incluso viejo en el viento-, caigo rodado con la música en el suelo. Es cuando entre sus piernas, entre las merceditas negras de la abuela lo veo… Un almirón moribundo, medio roto en el cieno expectante de la gente, intentando ponerse en pie.

 El adoquín torna verde, las extremidades en ramas y troncos de altas copas, la densidad del pueblo es lozana armonía de bosque, el aire pasa entre los árboles con el murmullo sofocado de la gente que lo rodea, y Apolo es sol. Inerme el león, trata de ponerse arriba. El viento pasea sus pelos entre el claro de gente, pero vuelve a caer. Trata de ponerse en pie, empero vuelve a caer. Una vez y otra vez. Me levanto del suelo. Trato de echar a un lado a cualquiera que esté en el paso. Sonríen y no sé de qué. Réquiem. Agito a la anciana y al de su lado. Uno por uno rompiendo cabezas. Hachando manos y brazos, pero son de piedra. No puedo tratar la irrealidad desquiciado. Me reclino agazapado, en una pared cercana, ansiándome las rodillas y echando la cara torcida a una de ellas, mientras entre las piernas del gentío la sigo viendo tratándose de levantar.

Escapa al regreso de Perséfone, el viento Céfiro la trae de regreso en su charco de lluvia. Equinoccia el agua con la tierra por fin del invierno, haciendo crecer las flores en doquier rincón…

El cielo se ha cerrado. Nubarrones azulados cubren el cielo empujados por el viento. Condensa el cúmulo hasta estallar en una tela de ápices traslúcidos cayendo al vacío suelo. Empieza a llover. Los paisanos endulzan su mirada con la danza de la criatura. El salto de una gota lo aplasta, lo envuelve en agua y se le echan encima las demás gotas. El gentío se arroja encima. Cobijan su cuerpecito magullado de la inclemencia climática. La vieja inclina su dorso hacia el suelo, doblando la artrosis de sus meniscos que agasaja con su mano en señal de protección.  - ¡Mirad, tiene unos preciosos ojos! – Ojos nacieron de la lluvia. ¡Mirad que brazos y piernas más largos tiene! – Y largas piernas y brazos crecieron también. Ella le mira de guisa cuál a mis escarpines. Sonríe y acerca la mano. La criatura se encoje en sí misma al sentir la amenaza. La vieja retira la mano. Se hace un ovillo de cobardía y saca los ojos afuera del cascarón. La vieja vuelve a agasajarle con su parte. - ¡No temas! – insta la vieja con la mano de muestra. Posando la mano en el suelo, ésta vez, el almirón alarga sus extremidades hasta tocar la mano de la vieja, retrocede cautelosa y se sube en ella victoriosa. La abuela lo sube alto del suelo hasta ponerse en pie con los demás espectadores. El diminuto ser investiga la palma de par en par. Se columpia en los dedos de uno a otro. Fisgonea en los intrigantes pliegues rugosos del tiempo. Sube por el brazo. Baja por el brazo. Se divierte en ella.

Ya no lo veo. Juguetea con la muchedumbre ensimismada al claro de sol que vuelve a salir. Me canso de estar aquí. Vuelvo la segunda con la tercera… - ¡Espera! – una voz parece vocear hacia donde me encuentro. Nadie me llama nunca por la calle. Sigo andando. - ¡Espera! – ¡Es la vieja! Se tira de bruces ante mí. - ¿Qué quiere? – No responde. Esa dulce mirada de nuevo en mis ojos, sin formar palabra, cabizbaja ofrece sus manos cerradas ante mí. Las deja abrir, aupando en su interior al pequeño almirón que se alarga hacia mí. Prolonga sus partes al marchar de la vieja, que desaparece tan pronto aparto la vista. Miro el vacío que deja y lo lleno con la mirada de esa pequeña cosa. Cruzamos los dos el estrecho hacia la otra orilla. Germinando la primavera y el trastorno que me ate a ella.